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Salvando sueños...

Capitulo 2 Historias en guagua

Capítulo 2 

Manuel en la 23.  

No creo que las moscas sean alcohólicas; sin embargo, el recuerdo de viejos aperitivos puede ser la razón que las ata al mostrador de un bar-cafetería de esquina. Uno de los muchos que existen en la Habana. Cuarenta y tantos años atrás era una bodega, o una fonda privada que la Revolución hizo de todos y para todos, especialmente para hombres como Manuel. Un cliente fiel, no importa el tiempo atmosférico, ni la hora; tan fiel que ya tiene su rincón: justo en el extremo izquierdo de la barra, a unos pasos de la puerta, por donde se escapan envueltas en alcohol sus reflexiones, sobre la vida, el béisbol de la temporada, el transporte público, las formas de cocinar la proteína  vegetal, y otras menudencias cotidianas. 

Cuando no desea hablar, –como hoy- su rostro se transforma en una máscara abstracta. Los ojos sepultan su brillo e incapaces de reposar en objeto alguno parece como si miraran hacia dentro. Al que lo viera por primera vez, pensaría que es un bobo escapado de alguna sala de psiquiatría; sin embargo, los vecinos del bar saben que ese es la expresión del desamparo y la vacuidad. Ni las moscas impertinentes lo sacan de ese sitio al que se marcha su memoria después de media botella en días tristes. Alguna veces bebe tanto que no se emborracha, se le enturbian los sentidos y cae en una especie de letargo... del que regresa sin recordar absolutamente nada. Manuel es un hombre con el orgullo sumergido en alcohol. 

Manuel es tramoyista de un pequeño teatro. Allí ha trabajado durante diez años, junto a la sala ha ido de la gloria a la decadencia. Aunque ambos están ciegos para ver su propio ocaso. La guagua 23 es su transporte de siempre, conocedor al detalle de los horarios de dicho autobús, luego del trago matutino en el bar de la esquina, con la punta de tres dedos se acomoda mecánicamente los cabellos detrás de la oreja. Delicadamente coloca la silla  abandonada bajo la mesa. Despacio, engrasando las muletas del espíritu, da tres pasos hacia la puerta, ya en la acera se dirige  hacia la parada de ómnibus como quien marcha a escena con un papel protagónico. Ese ha sido su rito cotidiano. Hoy hace lo mismo, pero lo pausado de la marcha anuncia la última función.  Atrapado en los finales de los años setenta, Manuel usa camisas de flores o con adornos de colores vivos. Sus únicos zapatos de tacón cowboy, son voceros de sus pies gordezuelos. Los pantalones fueron robados de un museo de tejidos chinos, laster le dicen, ya imposibles de encontrar en las tiendas de antigüedades. Esta indumentaria, lo sitúa fuera de la isla, en los predios de lo ridículo, pero Manuel no lo cree así y aunque se esfuerza, ni con ello logra llamar la atención. Es como si sobre su cabeza llevara un velo que lo hace invisible, ordinario, incapaz de  producir un comentario interesante alrededor de su persona.

Son las dos de la tarde, y tal vez por el sol y el calor, el velo de siempre ha redoblado su opacidad y tristeza, Manuel camina aplastado por él.  

En su mente repite frases que al parecer conforman su alocución de autodefensa ante un tribunal.-- ...no la voy a realizar. Me voy, tengo ese derecho... --repite con falsa certeza.  Sin darse cuenta ya está en la parada, no pregunta y se coloca junto a una señora mayor que como siempre, no le dedica ni una mirada, solo se retira un poco por la fuerza del olor a ron que le anuncia posibles peligros. Justo dos minutos después llega la guagua.   No está llena, y Manuel consigue sentarse, el aire que entra por la ventanilla aumenta su mareo... como un caleidoscopio la ciudad desfila. No logra precisar los rostros, ni los bordes de las formas, parecen bultos de soledad en movimiento. Se acerca uno todo rosa fosforescente, pasa y se pierde, luego otro totalmente gris que en una esquina alguien revuelve y su contenido salta para regocijo de unos ... ¿gatos?. 

 Los edificios le parecen grotescas maquetas de cartón, semidesplomadas por dentro y por fuera, se bambolean con el aire.  La 23 comienza a latir en la medida que se incrementan los viajeros. Suben los murmullos, y las más ásperas expresiones vienen de la puerta donde un señor con una jaula de pájaros, interrumpe el paso. El señor se acerca al rostro su fauna en prisión. Parece que intenta escapar y es la jaula como una pantalla de TV, se la pega a la nariz. -- ¡Ahora sí! ... ¡Coño, el único que falta en esta guagua es Tarzan!. – exclama exasperado un joven todo de blanco, con muchos collares de religión. -- Al que le moleste la jaula que coja un taxi... – sale en defensa una señora de un pañuelo de colores  -- Tiene razón, esa jaula es muy grande para llevarla en la guagua –una voz de corneta china acomete desde la esquina.   -- ... y el olorcito a mono de zoo que tienen... ¿esos son pájaros o gorilas? –se burla el purísimo—oiga yo creo que en la guagua está prohibido montar animales.-- Contigo basta, ¿no?, --dice rápido una mujer madura y enseguida cierra el rostro. Y muchos ríen, y sudan, algunos bajan la cabeza y los elegidos, como Manuel intentan escapar por la ventana.   -- La culpa es del conductor por mandarlo a montar por detrás, –apunta el cornetín – ese infeliz esta condenado a rozar con todo el que se baje, y ya tu sabe, en la ropa te deja un recuerdo.   Y despacio, densa se derrama la malicia criolla sobre este pobre señor que desea estar dentro de la jaula para ver si prisionero, cesa el acoso.--“ ¡Ahora sí! ... ¡Coño, el único que falta en...”. “ Esa jaula es muy...”. “...esta guagua es Tarzan!.” – exclama exasperado un joven todo de blanco, con muchos collares de religión. “Al que le moleste la jaula que coja...” “...¿esos son pájaros o gorilas sin desodorantes?” “... un taxi.”– sale en defensa una señora de un pañuelo de colores. “...muy grande para llevarla...”. “...está prohibido montar animales”. “Contigo basta, ¿no?,” --dice al inmaculado una mujer madura y enseguida cierra el rostro. “...llevarla en la guagua –una voz de corneta china acomete desde la esquina. “... y el olorcito a mono de zoo que tienen.”–se burla el purísimo— “oiga yo creo que en la guagua está prohibido...” “...mandarlo a montar por detrás, –apunta el cornetín – ese infeliz esta condenado a rozar con todo el...” “La culpa es del conductor por mandarlo a ... todo el que se baje, y ya tu sabe, en la ropa te deja un recuerdo” . Y despacio, densa se derrama la malicia criolla sobre este pobre señor que desea estar dentro de la jaula para ver si prisionero, cesa el acoso.

Junto a Manuel se sienta una muchacha joven , de esas que hacen a los hombres sacar las mejores frases de su tumba de simpatía. Manuel lo intenta, pero algo en su olor a alambique, es como un muro para su compañera de viaje. Silencio a un piropo, pasa; pero silencio a una pregunta es mala educación . Como un suicida se lanza: --¿Qué hora es, preciosa?. La primera en responder es la mirada, unos ojos café, -líquido oscuro y sin mezclas- fulminan con asco los labios de Manuel, luego su nariz y finalmente destrozan los ojos verdes del inquisitivo.  Primero un rictus nervioso en los labios que cierran el paso a las verdaderas palabras de hiel --¡¡Que pena, mi reloj está roto!! –dice la joven con falsa aflicción . El desesperado nunca gana.--  La verdad que es una pena porque está de lo más lindo; claro, no tan lindo como usted, bueno te puedo decir tu, ¿no?. Mira mi nombre es Manuel,  --extiende la mano y el gesto no recibe respuesta--  trabajo en el Teatro el Sótano. Soy un hombre del mundo del teatro –sale enorme por la satisfacción esta frase de su rostro--, bueno hasta hoy a las cinco lo seré porque voy a pedir...” Colgada queda la intención de ser algo más que gentil con lo bello. La joven hace un ruido de molestia y se para  del asiento, se apura hacia la puerta, huye del Diablo. Ocupa su puesto una señora de cincuenta y tantos años. Su maquillaje es una apología a la ausencia de rasgos faciales. Las cejas pintadas con lápiz, los labios rojos hasta por fuera, un pañuelo esconde su cabello y sus orejas, otro en el cuello esconde arrugas. Ella tampoco lo ve, pero no puede controlar los deseos de comentar, lo importante es que sepan que ella tiene lengua. -- Óigame, cómo se ha demorado esta 23 –se queja la dama de los pañuelos. Y esto es apenas una maniobra, la batalla campal viene ahora-- Creo que llevo cerca de dos horas esperando, como esta ruta nada más que tiene un carro.  La verdad que uno sale a la calle por necesidad, porque como esta el transporte uno debería encerrarse en la casa  y no moverse ni para buscar la comida, pero claro, si uno no la lucha ¿quién lo va a hacer? . Hay que tragar seco y contar hasta mil para subirse a estos cacharros. Sí, porque estas guaguas son cacharros; si no, ¿a quién se le ocurre hacer unos pasillos tan estrechos...? Para mí que la Mercedes esta vez se quedó sin seso. No, y usted está del lado de la ventana , que el menos para afuera puede refrescar, pero óigame batallar con el pasillo es una desgracia... el roza-roza, los que te  colocan la cosita en el hombro como si fuera un nido, los que te meten la cartera ahí mismo pegado a los ojos...” Cualquier recurso era válido para apagar una ametralladora en ráfaga.-- ¿Señora, qué hora tiene? –pregunta Andres .-- Son las dos y media – le responden sin respirar y ya la frase está a tiro-- ¿Por qué? ¿Estás retrasado?.Una pausa increíble es la oportunidad para arrebatar de sus manos el monólogo.-- No  --y es evidente que no desea decir más .-- ¿Va para el trabajo?.-- Sí   –responde Andrés y trata de perderse por la ventana . -- Gracias  a Dios que yo me retiré hace tres años, sino ahora estaría halándome los pelos. Como está la cosa, yo no le trabajo al gobierno, ni loca ; porque, usted le trabaja al estado, ¿no? Eso de la plusvalía es cierto, pero es mejor una cadena de oro, que un cielo libre con nubarrones... en lo primero se está seguro, en la segundo, siempre un rayo acaba  achicharrándote.-- Trabajo en el teatro –y Andrés parece aturdido de tanta elocuencia absurda.-- Lo sabía, al artista se le reconoce nada más que de mirarlo. -- Soy tramoyista. -- ¿Qué es eso? –pregunta con la sencillez de una niña de tres años.-- Los que están escondidos mientras dura la función y que garantizan la escenografía y el movimiento de los telones.-- Sí, si, ya sé... bueno pero ustedes son artistas también, y yo diría que más que los otros... -- Hoy pido la baja –la interrumpe Andrés. -- ¡Ay, que lástima!. ¿Y para cuál teatro se cambia?-- No sé, pero a mi nadie me hace la vida carroña. La directora es una fresca y una rata...-- ¿Lo amenazó? – pregunta curiosa la vecina.-- La tiene cogida conmigo, me quiere votar del trabajo... óyela, óyela... –finge la voz de soprano- “...vamos a tener que prescindir de sus servicios”. A mí, a mí que soy insustituible, que trabajo como una bestia y sin pedir nada... Ahora cuado me vaya ella va a saber lo que es “prescindir...”-- ¿Por qué con usted?--  No sé, ahora se ha agarrado de que soy muy tomador... que soy un alcohólico... basura para agarrarse de eso y hacer lo que le da la gana...-- Mire, ella será muy directora, pero no puede hacer eso... ella no es la dueña del lugar. Quéjese en el sindicato y si hace falta hasta los tribunales la lleva.-- No. No le voy a dar el gusto de que me bote, me voy...-- Oiga, se va sin luchar, con la moral entre los pies, así le está dando el gusto... Andrés no responde. Se agarra fuerte al tubo del asiento que lo antecede, las dos manos se le ponen rojas por el exceso de presión. Comprende la acompañante que es necesario hacer silencio, sino algo puede estallar. Rompe la tensión un bache en el asfalto, el salto acomoda a la gente que ya no se mide para vociferarle al chofer .

La 23 continua llenándose y la promiscuidad es excesiva, dolorosa. Los que están da pie, a cada roce del que se mueve por el medio del pasillo se precipitan hacia los asientos.  Sienten como sube el calor . El olor a cuerpos sin cosméticos, se te agarra a la nariz y asciende con patas de ventosas hasta la cabeza y sin intenciones de quedarse allí, desciende al estómago en un tsunami de jugos gástricos. El olor es una mezcla de huevos hervidos podridos, colonia barata, cebollas, rebaño de ovejas, sudor de pies en botas húmedas... se  carga la atmósfera. Por suerte, ya la parada del teatro se acerca.  Andrés se pone de pie, sin despedirse de la dama del disfraz, cruza por sobre sus piernas. Ya en el pasillo no mira atrás. Alguien como ella,  incapaz de quedarse callada aun cuando las palabras sobran, se despide con un adiós, meloso... cargado de una amarga dulzura. Manuel lo siente así en sus labios y no responde a la despedida. Su cabeza está en otra parte.   Camino de la puerta, no piensa, está tan cansado que solo siente: unas nalgas enormes como un  sofá, una jaba de nylon con latas de cervezas y refrescos vacías, unas botas de cuero durísimo bajo su pie izquierdo, y ya casi frente a la puerta de salida está la jaula. Se abren las puertas y todos deben esquivar la mole de aluminio y plumas, Andrés no puede, se aplasta contra ella y ya casi libre en el último escalón sus pies se enganchan de algo y cae tendido en la acera. Ni el bullicio, ni la asistencia de los más próximos lograron que abriera los ojos. Se había golpeado la cabeza.                                                             

                

 

           FIN DEL CAPITULO 2

 

         

 


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