Blogia
Salvando sueños...

Una prostituta con principios

 

Sentada en la esquina de la barra mira sus altos y agudos tacones rojos. El maquillaje corrido por el rostro, Sylvia observa su copa medio vacía, mientras se acaricia el bajo vientre.

 

Mira por la ventana, y marchan ante sus ojos los personajes marginales de todas las noches. Las muchachitas compiten por la clientela. Los autos  lujosos del centro pasean despacio. Los choferes se toman su tiempo para seleccionar, mientras las luces de neón, hacen que cambien de color, y parezcan coches mutantes traídos del infierno.

 

 Hace varias semanas Sylvia siente como si le clavaran cuchillas en el vientre, a veces tan fuerte, que no puede sostenerse en pie. Por suerte, los dolores nunca duran más de cinco minutos, pero la asaltan por sorpresa hasta cinco veces en el día. La última vez, estaba con un cliente. Como es de muy mala espina sacar penas mientras ellos disfrutan, cerró con fuerza los ojos, pero no puedo sofocar una mueca de disgusto. El cliente, por supuesto, creyendo que era el motivador de su expresión de angustia, la sacó de la habitación, después de una golpiza e injurias, y lo peor, sin un centavo en la cartera.

 

Por suerte hoy era viernes. Los viernes siempre la buscaba Patricio. Bueno, así decía que se llamaba, tal vez fuera un nombre falso. Patricio era un hombre calvo, bastante grueso, y rostro de carcelero pero tierno y apasionado en la cama como un adolescente; tanto, que  lloraba mientras le hacia el sexo. Lo mejor de Patricio era que pagaba bien, y con regalos incluidos; además sus hábitos refinados y sus movimientos elegantes la hacían sentirse una dama a  su lado.

 

Hubo un tiempo en que se creyó enamorada. Lo esperaba cada viernes con cierto deseo.  Patricio le pedía que bailara, o que se maquillara, siempre de pie sobre la cama. El la observaba con rostro inexpresivo desde un rincón de la habitación durante unos minutos y luego se lanzaba tembloroso sobre ella, como si entre cada encuentro hubiese transcurrido un año, y no cinco días.

 

Todo era casi perfecto. Patricio nunca hablaba sobre él. Tampoco le permitía a ella hablar sobre sí, menos de los dos. Solo se miraban, y Sylvia debía entender.  Al principio, este mutismo le producía incomodidad, después se acostumbró. Patricio le regala flores, flores cuyos pétalos destruía y luego se los hacía colocar entre los muslos como un cementerio de jardín.

 

Sylvia sale del ensimismamiento. Termina de un sorbo lo que queda en la copa, y se va al baño del bar, para retocarse el maquillaje y esperar a Patricio. Ya en la habitación, juntos, todo marcha según la rutina: silencio, pasión, elegancia y súbito, dolor. Sylvia emite un agudo quejido. Patricio se incorpora extrañado y trata de leer en el rostro de ella: Sylvia suda, le corren lágrimas por los pómulos y libre del peso del hombre, hace de su cuerpo un ovillo y coloca ambas manos sobre su vientre, como si lo recogiera tras un desgarrón. .

 

Patricio sin hablar le retira las manos de la zona dolorosa y con la firmeza de quien conoce, palpa, examina. Sylvia le pregunta si es doctor. Patricio asiente breve. Mira con desconfianza a Sylvia mientras le dice que debe buscar un médico pronto. Se levanta y como si temiera al contagio camina hacia el baño para lavarse las manos. El dolor no cesa e Sylvia pregunta si él la puede ayudar, tiene poco dinero, pero le pagaría hasta el último centavo que invirtiera en ella sin importarle los sacrificios que tenga que hacer. Por primera vez, Sylvia le cuenta de cómo vienen los dolores, de lo que siente cada día cuando este la tortura.  Patricio, le vuelve a repetir seco, que vaya a un médico.

 

Sylvia se levanta de la cama, se acerca a la puerta del baño, y acariciando la puerta cual si fueran las espaldas de Patricio habla suave:

-           Si eres médico, ayúdame por favor, ayúdame a curarme.

-           Soy ginecólogo de damas, no de prostitutas…-dice frío y con cierta ironía.

 

La frase le cae encima a Sylvia como un fardo pesado.

-           ¿Cuál es la diferencia? Puedo ser más dama que cualquiera de ellas si me lo propongo… Todas esas señoronas son pura pose, se perfuman con Chanel para aplacar el olor a sexo de sus amantes, exprimen el bolsillo de sus esposos como vulgares prostitutas para pagarse sus caprichos, sus adicciones… todas las noches las veo por el barrio, buscando mujeres, niñas, drogas… Montadas en sus Mercedes se creen diosas y regalan los billetes con tal que alguien les mate el aburrimiento… Soy igual a cualquiera de ellas, si no mejor; solo que no tengo dinero.

 

Mientras Sylvia se defiende, Patricio cambia de color en el baño. Se quita su anillo de oro y la lanza al inodoro, se vuelve violento.   Aprieta sus puños y rompe el espejo. Al escuchar el ruido, Sylvia calla. Patricio sale del baño y la observa con asco, con ira…

 

-           Ni siquiera eres capaz de entender, A Sylvia se le acumulan las lágrimas y escupe el rostro de Patricio apenas a una cuarta del suyo. Patricio responde con un piñazo que la lleva al suelo y vuelve confiado sus espaldas. Se acerca a la cama a buscar sus ropas y Sylvia, rabiando, le arroja uno de sus zapatos, cuyo  tacón puntiagudo como alfiler se clava en un ojo de Patricio. No le parece suficiente y toma  la lámpara de noche entre sus manos y golpea la cabeza de este muchas, muchas veces, hasta que pierde las fuerzas y está salpicada de sangre.  

 

Espantada, se arregla corriendo el pelo, las ropas, y sin retirarse bien los rastros de sangre en el rostro y el cuerpo, sale a la calle gritando: ¡Soy una prostituta con principios!, en un rapto demencial  lo grita a todos muchas veces, mientras camina descalza, con la cabeza muy alta  y la falda corta teñida de rojo.   

   

0 comentarios